Con motivo al proyecto de ley que modifica algunas disposiciones del Código Fiscal, me llamó poderosamente la atención una de las justificaciones planteadas por el Gobierno Central en la exposición de motivos: “Alcanzar la meta de vivir en un país del primer mundo”. Entre todos los aspectos conceptuales de la reforma, debo manifestar que esta idea representó el encuentro del objetivo primordial que debemos seguir como nación: Convertir a Panamá en un país del primer mundo.
Ahora bien, no recuerdo que esta idea haya sido mencionada dentro de los objetivos planteados en el programa de gobierno del actual presidente, aunque dudo que alguien vaya a declarar que nunca se tuvo esa visión entre los planes gubernamentales desarrollados a lo largo de la vida post-dictadura de Panamá. Por el momento, sólo evocan a mi memoria las campañas políticas 2008-2009 que se limitaban a la búsqueda de soluciones a los actuales problemas sociales en las áreas de transporte, seguridad, canasta básica y educación, en primera línea. Entre las proclamas “Un gobierno para la gente” y “el verdadero cambio” no vislumbré ninguna meta u objetivo general, como Nación, que no fuera luchar por sobrepasar los problemas actuales. Con esto no quiero decir que encontrar la solución a estas tristes realidades sea nimio, pero los países que han logrado alcanzar la categoría de primer mundo lo han hecho con estrategia, disciplina y organización.
La visualización presentada por el gobierno resulta cautivante, pero: ¿Cuándo viviremos en un país del primer mundo?, ¿Cuál es la estrategia?, ¿Cuáles son los pasos específicos a seguir?, ¿Dónde estamos en el escenario mundial? ¿Cuáles son los indicadores de desarrollo humano que nos falta atender? ¿Están todos los sectores de la sociedad panameña comprometidos con este objetivo?
Superar los obstáculos del presente, acortar la brecha al desarrollo y enfocar nuestros esfuerzos a esta visión debe ser el marco referencial del actual plan de gobierno. Por ahora, nos corresponde superar problemas actuales (como buseros drogadictos al timón de nuestras vidas, vulgares actos de corrupción y nepotismo, sistema educativo deficiente) para entonces participar en los foros internacionales, en donde colman los proyectos de protección al ambiente, estrategias para enfrentar el cambio energético, programas de inversiones para investigaciones científicas-tecnológicas y creación de plataformas internacionales de cooperación.
Por mi parte, insisto que la piedra angular del cambio debe ser basada en la promoción de los valores éticos, el reconocimiento de los logros académicos de profesionales panameños para así promover la educación y no el “juega vivo” ni la “fuga de cerebros”, fortalecimiento de las instituciones sociales, el respeto al medio ambiente y a la cultura panameña sin importar modelos tóxicos foráneos y promover la inversión en educación y tecnología.
A manera de conclusión, siempre he compartido la idea que un largo camino inicia con un paso y ahora nos toca seguirlo con la plena visión de convertirnos en la gran nación que deseamos ser.
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